Cogí sus llaves del aparador francés Luis XV. Por si acaso, hay veces que intentan volver.
Llovía a cantaros en la interestatal 57. Y como en cualquier buena película de detectives, el limpiaparabrisas era insuficiente para hacer visible la carretera. Aunque nada podía ocurrirme, yo era el protagonista. Los faros de los pocos coches que circulan en dirección contraria iluminaban mi preocupado gesto.
Tuve que detenerme a vomitar en el arcen. Un camión de gran tonelaje pasó a toda velocidad junto a mí, tocando su estridente claxon.
- El Señor Marlon Ignoto, supongo.
Bajo un inmenso paraguas se encontraba un hombre fornido de majestuoso bigote blanco magníficamente cuidado.
- Soy Bert Dear, Jefe de Policía de Kankakee, aquí no tenemos costumbre de vernos envueltos en casos como este, por eso llamé al FBI...
El Sheriff Dear era uno de esos hombres que uno calificaría como sano, impoluto, limpio de toda mancha y con una educación casi servil, excesivamente respetuosa.
- ... Entiéndame, no es que aquí no muera nadie, Dios nos libre de ello. Es más, Sam Ciaccio, el de las pompas fúnebres, ha hecho de su empresa un próspero negocio, pero con muertes naturales.
La Comisaría de Kankakee debió haber sido un lupanar en otros tiempos, hay algo en estos sitios que no los abandona, quizá el olor a ambientador barato y que su recepción parecía una barra de cantina.
- Este hombre, el húngaro, se presentó con un viejo revolver del Oeste, levantó sus manos y se entregó sin mencionar palabra. Y así continúa desde hace más de cuatro horas.
Nada le faltaba al ambiente, cargado de humo, el lógico ventilador en el techo, la consuetudinaria mesa de madera. La Sala de interrogatorios estaba pintada sólo a medias y con un gotelé más bien accidental que decidido. Había un par de escaleras de pintor con churretes, brochas tiradas, mucho papel de periódico en el suelo, curiosamente en la página de sucesos. Y botes de pintura... en uno de ellos está “plantado” un tronco del Brasil ya en sus últimas hojas, casi seco.
- ¿Bob?
- ¿Marlon? ¿Recuerdas a Jack?
- ¡Claro! ¿Jack?
- ¿Marlon?
¡Cómo iba a olvidar a Jack y sus horribles tirantes de Bugs Bunny royendo una zanahoria! Y su tercera mano, la lámpara de interrogar. Hablaba poco, pero créanme que conseguía hacer “cantar” a quien se propusiera.
Junto a Kazda estaban los dos ayudantes del Sheriff. Uno de ellos, era un tipo fuerte, muy alto, pelo prácticamente rapado, barba cerrada de unos cuantos días, con muchas pulseras de cuero en la mano izquierda, miraba fijamente los ojos de Kazda acechándole, rodeándole. En su mano derecha lleva un pincel de brocha gorda, con la izquierda rebuscaba en su nariz con el dedo, quizá por allí se le había escapado algo de cerebro. El otro, de fuerte mandíbula... y poco más, estaba sentado en la mesa, mientras montaba y desmontaba su arma de modo frenético.
Kazda estaba en el centro de la sala, sentado en un taburete con las manos en alto y con los ojos fijos en esa planta ya seca, parecía querer devolverle la vida.
- No hará falta que le aconsejes que no hable, esta lelo, ausente. Isaac, el ayudante del Sheriff, tiene su teoría.
Isaac, sin cejar en su empeño nasal y, sin duda, con la esperanza de que aquello que buscaba, no se le escapara, nos trajo la luz.
- Es un “chok”, un primo mío que trabaja en Alcatraz me contó...
- A éste le despertaba yo- dijo el armero.
- ¿Qué se sabe de la víctima?- interrumpí.
- Jimmy Rowlands, un buen chico, muy querido en el pueblo, mi esposa decía que era un manitas...
Bob, con su habitual tacto, me dijo al oído:
- ¿Oyes al Sheriff?... Cien pavos a que el “buen chico” también se ha tirado a la Señora Dear con esas manitas.
Jack oyó el comentario y para aguantar la risa se asió a la lámpara deslumbrándonos a todos a cada golpe de carcajada. Isaac seguía en su búsqueda del arca perdida.
- Ha sido fulminante, tres disparos bien dirigidos, le estaba esperando en la puerta de casa de la víctima.
- ¿Móvil?- inquirí yo.
- Hablemos claro Dear- dijo Bob- el chico era un cabronazo que se dedicó a decorar las cabezas de toda la población masculina de Kankakee. Fue el ruso éste como pudo haber sido cualquiera.
Isaac encontró el tesoro de sierra madre, lo exhibió, hizo un rápido estudio del mismo... Mientras, su compañero, rodeaba a Kazda como en una exótica mezcla de danza aborigen y el juego de las sillas musicales, para terminar de un modo espasmódico frente a él y mirar sus ojos.
Y yo, yo preguntaba a Kazda en silencio... ¿Dónde estás Kazda? ¿Dónde te has ido?
Tres meses después.
Marlon camina por los interminables pasillos blancos del centro.
Tanto la luz, tantísima por las paredes blancas, el suelo de un mármol brillante y la blanca bata de su acompañante, El Director del Psiquiátrico, hacían de aquel laberinto de pasillos un lugar agobiante. Ya en su despacho, me largó su discurso de un modo presuntamente didáctico.
- La Ca-ta-to-nía, Sr. Ignoto, es una forma de la enfermedad conocida como Esquizofrenia. El paciente comienza por exhibir un estado de furor terrorífico, que es posteriormente resuelto en un estado de desinterés absoluto, lo que llamamos estupor catatónico. Hay otros síntomas, como el negativismo, esto es, la oposición a seguir toda indicación o sugerencia. La flexibilidad cérea, el paciente tolera cualquier cambio de postura sin protesta alguna y sin intentar conseguir la posición anterior. Conclusión: es absolutamente insensible al dolor e indiferente al ambiente... Hace tres meses, cuando ingresó 217, logramos bajarle las manos... Lo cual considero un gran avance por nuestra parte ¿no es cierto?
El Doctor Waldo Lipstchuck, argentino, era muy delgado, famélico, poco pelo, no pasaría de los treinta y pocos, hablaba mucho, aunque decía aún más con las manos, con los gestos. Tenía la costumbre de reclinarse en el diván de sus pacientes cuando estos no lo utilizaban, así continuó.
- Aquella noche, vino acompañado de un tronco de la amazonía ya seco y... he de reconocer, su habilidosa mano pues ha florecido... y también nuestro jardín... El boludo... es un gran jardinero ¿sabe?. Nos ahorra una plata increíble.
- ¿Tienen algún caso parecido?
- No... mirá vos, tenemos Napoleones, Washintongs, algún Douglas Fairbanks, en fin, locuras estándar. Incluso algún caso raro como el del joven melenudo que no deja de repetir una cantinela tipo... “Ella te ama, yeah, yeah, yeah. Ella te ama, yeah, yaeh, yeeeh”. Lastima de loco... Pero catatónicos, no, ninguno.
- ¿Es agresivo... se ha revelado en algún momento?
- Noooo, entienda una cosa. El asesino pasional es un asesino ocasional. Mata una vez y por una sóla razón.
Waldo se incorporó de golpe.
- Y dígame ¿es difícil ser abogado no es cierto?
Su cometario me pilló descolocado
- Bueno, esto... los estudios.
- Y claro... los estudios... Yo hubiera querido ser abogado. Pero mi bisabuelo psiquiatra, el abuelo, mi padre... todos psiquiatras... y por parte de mi madre, todas las loocas, jajajaja.
Este hombre no dejaba de sorprenderme.
- Disculpe, es un chiste de Psiquiatras. ¿alguna cuestión más abogado?
- Y su mujer, la señora Vojtêch. ¿Ha venido...?
- No, y créame que sería un buen tratamiento de shock. ¿No es cierto?
- No lo sé. Usted es el médico.
- Bue... Mire Sr. Ignoto, esté tranquilo, 217 no es infeliz aquí... ni tampoco feliz, sencillamente ha dicho adiós a este mundo.
Sencillamente... Yo también dije adiós a los absurdos del galeno. Aquel caso me tenía bloqueado, no se trataba de un problema legal, jamás se procedería contra Kazda en aquel estado, era algo... ¿Humano?
¿Yo humano?
- Y Dígame Sr. Ignoto, en su profesión ¿se conocen mujeres interesantes?
Llovía a cantaros en la interestatal 57. Y como en cualquier buena película de detectives, el limpiaparabrisas era insuficiente para hacer visible la carretera. Aunque nada podía ocurrirme, yo era el protagonista. Los faros de los pocos coches que circulan en dirección contraria iluminaban mi preocupado gesto.
Tuve que detenerme a vomitar en el arcen. Un camión de gran tonelaje pasó a toda velocidad junto a mí, tocando su estridente claxon.
- El Señor Marlon Ignoto, supongo.
Bajo un inmenso paraguas se encontraba un hombre fornido de majestuoso bigote blanco magníficamente cuidado.
- Soy Bert Dear, Jefe de Policía de Kankakee, aquí no tenemos costumbre de vernos envueltos en casos como este, por eso llamé al FBI...
El Sheriff Dear era uno de esos hombres que uno calificaría como sano, impoluto, limpio de toda mancha y con una educación casi servil, excesivamente respetuosa.
- ... Entiéndame, no es que aquí no muera nadie, Dios nos libre de ello. Es más, Sam Ciaccio, el de las pompas fúnebres, ha hecho de su empresa un próspero negocio, pero con muertes naturales.
La Comisaría de Kankakee debió haber sido un lupanar en otros tiempos, hay algo en estos sitios que no los abandona, quizá el olor a ambientador barato y que su recepción parecía una barra de cantina.
- Este hombre, el húngaro, se presentó con un viejo revolver del Oeste, levantó sus manos y se entregó sin mencionar palabra. Y así continúa desde hace más de cuatro horas.
Nada le faltaba al ambiente, cargado de humo, el lógico ventilador en el techo, la consuetudinaria mesa de madera. La Sala de interrogatorios estaba pintada sólo a medias y con un gotelé más bien accidental que decidido. Había un par de escaleras de pintor con churretes, brochas tiradas, mucho papel de periódico en el suelo, curiosamente en la página de sucesos. Y botes de pintura... en uno de ellos está “plantado” un tronco del Brasil ya en sus últimas hojas, casi seco.
- ¿Bob?
- ¿Marlon? ¿Recuerdas a Jack?
- ¡Claro! ¿Jack?
- ¿Marlon?
¡Cómo iba a olvidar a Jack y sus horribles tirantes de Bugs Bunny royendo una zanahoria! Y su tercera mano, la lámpara de interrogar. Hablaba poco, pero créanme que conseguía hacer “cantar” a quien se propusiera.
Junto a Kazda estaban los dos ayudantes del Sheriff. Uno de ellos, era un tipo fuerte, muy alto, pelo prácticamente rapado, barba cerrada de unos cuantos días, con muchas pulseras de cuero en la mano izquierda, miraba fijamente los ojos de Kazda acechándole, rodeándole. En su mano derecha lleva un pincel de brocha gorda, con la izquierda rebuscaba en su nariz con el dedo, quizá por allí se le había escapado algo de cerebro. El otro, de fuerte mandíbula... y poco más, estaba sentado en la mesa, mientras montaba y desmontaba su arma de modo frenético.
Kazda estaba en el centro de la sala, sentado en un taburete con las manos en alto y con los ojos fijos en esa planta ya seca, parecía querer devolverle la vida.
- No hará falta que le aconsejes que no hable, esta lelo, ausente. Isaac, el ayudante del Sheriff, tiene su teoría.
Isaac, sin cejar en su empeño nasal y, sin duda, con la esperanza de que aquello que buscaba, no se le escapara, nos trajo la luz.
- Es un “chok”, un primo mío que trabaja en Alcatraz me contó...
- A éste le despertaba yo- dijo el armero.
- ¿Qué se sabe de la víctima?- interrumpí.
- Jimmy Rowlands, un buen chico, muy querido en el pueblo, mi esposa decía que era un manitas...
Bob, con su habitual tacto, me dijo al oído:
- ¿Oyes al Sheriff?... Cien pavos a que el “buen chico” también se ha tirado a la Señora Dear con esas manitas.
Jack oyó el comentario y para aguantar la risa se asió a la lámpara deslumbrándonos a todos a cada golpe de carcajada. Isaac seguía en su búsqueda del arca perdida.
- Ha sido fulminante, tres disparos bien dirigidos, le estaba esperando en la puerta de casa de la víctima.
- ¿Móvil?- inquirí yo.
- Hablemos claro Dear- dijo Bob- el chico era un cabronazo que se dedicó a decorar las cabezas de toda la población masculina de Kankakee. Fue el ruso éste como pudo haber sido cualquiera.
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Marlon camina por los interminables pasillos blancos del centro.
Tanto la luz, tantísima por las paredes blancas, el suelo de un mármol brillante y la blanca bata de su acompañante, El Director del Psiquiátrico, hacían de aquel laberinto de pasillos un lugar agobiante. Ya en su despacho, me largó su discurso de un modo presuntamente didáctico.
- La Ca-ta-to-nía, Sr. Ignoto, es una forma de la enfermedad conocida como Esquizofrenia. El paciente comienza por exhibir un estado de furor terrorífico, que es posteriormente resuelto en un estado de desinterés absoluto, lo que llamamos estupor catatónico. Hay otros síntomas, como el negativismo, esto es, la oposición a seguir toda indicación o sugerencia. La flexibilidad cérea, el paciente tolera cualquier cambio de postura sin protesta alguna y sin intentar conseguir la posición anterior. Conclusión: es absolutamente insensible al dolor e indiferente al ambiente... Hace tres meses, cuando ingresó 217, logramos bajarle las manos... Lo cual considero un gran avance por nuestra parte ¿no es cierto?
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3 comentarios:
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