domingo 25 de noviembre de 2007

CATATONICO - Capítulo I


Un cuento, mi primer cuento.

Yo creo que lo escribí allá por 1994 y luego ha tenido cambios, variaciones... nunca sé si a mejor.

Hay cosas que debieran quedarse en su primera versión.

¡Tantas veces decimos que nos nos arrepentimos de nada de nuestro pasado...!

Y cuando escribimos, lo hacemos casi a diario en correcciones sin fin.

¡Cuánto daño habrá hecho el "tippex" a la literatura!

¿Haría bien tener un tippex en nuestra vida diaría? ¿Borrar nuestros cinco minutos anteriores?

Se lo escribí a Irene, el otro día fue su cumple. Felicidades txiki.

Aquí está CATATONICO, en cuatro capítulos:


1 Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!
2 Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios sea capaz de mover montañas.


He conseguido encontrar la manera de explicar el color de aquella época de mi vida. Y, curiosamente es a través de las fotografías, de los viejos clichés de mi álbum de esos años. Es ahora cuando revelan la luz que yo recuerdo. Son como nuestras decisiones más recientes, parecen buenas, bien tomadas, pero sólo el reposo y la sabiduría de unos años las colocan en su sitio.

Ahora que los colores se han apagado, que los azules, los blancos y los amarillos empiezan a degradarse, que unos vencen a otros y los apagan. Hoy, que hay un tono verde predominante, entonces queda el color de entonces, o al menos es el que encuentro en mi memoria. Es como si en su presente, no fueran “instantáneas” y hoy, pasadas por la sabiduría química del tiempo, sí fueran verdad.
...

- ¿Haremos lo de siempre, no?... Olvidar. ¿Vamos a perdonarnos este silencio? ¿Una vez más vamos a salvar nuestra conciencia apartándola de la realidad?

Apoyado en el corazón... y en el índice, en los dedos de mi mano derecha, había creado un hombrecillo que, con una duda estudiada, una duda de filibustero más que de funambulista, captaba en su lenta marcha por la barandilla del Jurado la atención de aquellos doce. Hipnotizados por mi monigote, participando de sus dudas y sus equilibrios, se convertían en sus cómplices... y también en míos.

- No puedo, por último, dejar de mencionar algo fundamental en este caso...
¡Qué dueño me sentía del mundo! ¡De aquella toda Sala!... Y, sin embargo, cuando con mis largos brazos estirados parecía aguantar el inmenso ventanal cogido de sus marcos, e inclinaba ligeramente mi cabeza... por unos segundos me abandonaba al hombre que hace tiempo tuve que dejar de ser.
Desde allí observaba Chicago, sus gentes bulliciosas caminando por el Loop, por Lake Shore Drive, por el Jackson Park a orillas del Michigan. Mi vieja y dejada melancolía se mezclaba entre toda aquella enorme gama de grises. Recordaba cuando caminaba entre ellos, entre los hombres de chaqueta gris acelerados por Dearborn Street, junto a ellas, cogidas del brazo y con sonrisas que reventaban en carmín muy rojo por Wabash... y por aquellas faldas grises de espiguilla, con apertura detrás, donde provocadoras se perdían sus piernas bien torneadas, enfundadas en medias negras de seda con costura de raya infinita, al menos para mi mirada...
Hubo un tiempo y en ese tiempo hubo una sola mujer.
Después, yo, dejé de habitar entre los hombres.
¿Dónde quedó aquel y dónde estoy ahora?
- ¿Habré de recordar al Señor Ignoto dónde se encuentra?- dijo el Juez Patridge.
Si, aún estaba en mi Juicio y no quería perderlo.
- No... no Señoría, no. Reflexionaba tan sólo, e invitaba a todos a la reflexión por un momento. Pensaba señores y señoras del jurado si... ¿Ha cambiado tanto América? América la hermosa... ¿Ha cambiado tanto que no recuerda ya a sus soldados? Me pregunto si, de aceptar las razones de la Defensa, no estaremos también matando nuestra mala conciencia y sacrificando a cada uno de nuestros veteranos..
Los... negligentes Hermanos Ri...
- ¡Protesto! Se está prejuzgando a mis defendidos y...
- Se acepta la protesta del Defensor Shepherd. Absténgase Sr. Ignoto de anticipar las conclusiones que, como bien sabe, corresponden al Jurado y a mi persona.
- Lo siento señoría, me he dejado llevar por mi lado más... humano.
Hice una ligera inclinación de disculpa hacia el Jurado.
- Los... hermanos Rinetti, Paolo y Carlo, aún a sabiendas del informe médico... Srta. Wells, disculpe, ¿podría recordarnos el párrafo final del informe?
Mae, Mae Wells, la taquígrafa del juzgado, ya sabía lo que yo quería... siempre lo había sabido. Tanto en las grandes Salas de este Palacio de Justicia como en las pequeñas habitaciones de aquel Hotelito en el Green Town.
Ayudada de un pequeño pañuelo de encaje, leyó constipada aquel párrafo.
- Tras recipir la mepalla del Compreso, al Sarpento Richard Wendell, hédoe de gueda, de fue amputado el brazo dedecho. Dede ese momento, su otopédia sólo podía sopodtad un peso de...
- Cuarenta y cinco kilos, quédense con esta pesada cifra. ¿Me equivoco Señorita?
Con un mohín de coquetería, los labios apretados, cogiendo de las puntas su vestido para taparse las rodillas, resolvió el “sí en un gesto, privándonos de oír su “Pí, Peñor Ignoto”. Le acerqué mi pañuelo con mis iniciales bordadas que ella llevó inmediatamente a su nasal, oliéndolo primero y guardándolo sigilosamente virgen en su bolsito.
Volví mi cabeza en una rápida panorámica sobre mi bien ganado, amado y respetado público. Llegaba el clímax, el desenlace de mi representación, ítem misa est, el último e imprescindible paso de mi estudiada coreografía.
Me quité las gafas, hundí dos dedos en mis ojos para reflejar cansancio y de paso irritarlos. Entonces, sólo después de ello, quedaban brillantes, acuosos. Miré de frente y fijamente al Jurado. Mi miopía sumaba y hacía la mirada más intensa.
- Los Hermanos Rinetti, dueños del Rinetti Brothers Circus, en vías de evitarse lo que iba a ser una costosísima jubilación anticipada de mi cliente, decidieron, tuvieron la genial idea, no solo de mantenerle, sino de exhibirlo, como una gran atracción. Su oficio de porteador del trapecio hacía más morboso y jugoso el show...
Vociferé cuan vendedor callejero.
- “¡Vean, vean Damas, Caballeros, Niños y Niñas al trapecista manco!”
Miré al Sr. Wendell con mis ojos azul Niágara, sorbí una falsa emoción y volví con el jurado, lento, fúnebre, fatal...
In allegro vivace e crescendo...
- Vean al trapecista manco sin red... y... sin remedio. El pasado 12 de febrero, la escandinava y prima donna del trapecio Fräu Theodorika Jurgesson, aún a sabiendas de que superaba con creces esos “olvidados” cuarenta y cinco kilos, hizo honor al calificativo de su atracción: el triple salto mortal... Se llevó al otro mundo, no sólo esa funesta sensación de soledad, de abandono en el aire, sino también el brazo ortopédico del Sr. Wendell. Irrecuperable por otro lado, pues aún en la Morgue y superado el rigor mortis, fue imposible separarlo del desamparado gesto de la mano de la artista sueca...
Quiso asirse a la vida. Deja marido, dos niñas... y un veterano soldado americano manco.
Abrí mis brazos, me cogí fuertemente a la barandilla del Jurado, demostrando que yo sí tenía
dos manos para aplicar justicia.
- Permítanme pues, ante lo grotesco del caso, acabar con una frase que dejará clara mi intención... y resumen del caso. Caiga la gravedad de la ley, sobre quienes no tuvieron en cuenta la Ley de este país... ni la universal Ley de la gravedad... Así sea.

1 comentarios:

El futuro bloguero dijo...

Llevo unos días sin conectarme y hala, dos posts atrasados. Me leo y cuento.

Abrazos